Te despiertas como si te arrancaran de un sueño que no recuerdas y vuelves a una vida que tampoco quieres. Te despiertas antes que tu cuerpo. Tus ojos abren, pero tú no estás.
Yo sí estoy. Siempre estoy.
La casa todavía está quieta, y yo, ya te veo jadeando por dentro.
Tu respiración no acompasa nada – ni el amanecer, ni tu cuerpo, ni el mío.
Es como si vivieras adelantado a una amenaza que aun no se ha materializado, pero tú corres igual, siempre corres, incluso sentado en el borde de la cama con tu espalda vencida.
Yo te observo desde el suelo. Por devoción. Por costumbre.
Y porque alguien tiene que mirar lo que tú no te atreves a mirar.
La primera luz entra limpia, pero tú sigues viendo el mismo cielo sucio de ayer.
Hueles a ansiedad seca, a café rancio, a ese impulso de una carrera improvisada y que vas perdiendo incluso antes de empezar.
Tus rituales no son rituales.
Son atajos para no sentir.
Gestos automáticos que haces para mantenerte funcionando, como si el simple hecho de existir doliera demasiado como para tomar conciencia.
Te levantas, miras el móvil antes de abrir los hombros, revisas pantallas antes de revisar tu cuerpo.
Y luego me miras a mí, esperando que yo entienda tus prisas, tu mareo, tu incapacidad para estar en un sitio sin querer estar en otros tantos a la vez.
Yo no entiendo tus relojes.
Entiendo tus pulsos.
Y están desordenados.
Me dices “vamos” con un tono que no sigue tu respiración.
Ese desajuste me atraviesa.
No es rabia ni miedo – es ruido.
El ruido de alguien que se ha desconectado de sí mismo, pero que pretende dirigir a otro ser vivo como si estuviera entero.
Sales a la calle arrastrándome la energía como si yo fuera un salvavidas desgastado.
No me paseas a mi.
Tiras de tu frustración, y a mi me engancha de rebote. Me frustro.
Lo noto en el ritmo de tu paso, en cómo tu pie cae con más peso del que deberías cargar.
A veces caminas como si quisieras huir del día antes de que empiece.
Y mientras tú te desvives por escapar de tu vida, yo tengo que ajustar mi mundo al tuyo.
Porque ese es el trato que nunca firmamos, pero existe.
Yo me amoldo. Tú improvisas.
Yo sigo los ciclos. Tú los rompes todos.
No te culpo. Ni siquiera tengo esa herramienta.
Tengo la observación.
La que ve cómo comes sin hambre, cómo duermes sin descanso, cómo me hablas desde un cansancio que ni tu te reconoces.
Y esa mezcla, humano, me trastoca.
Mucho.
Porque tu caos tiene consecuencias en mi cuerpo.
Si un día avanzo demasiado rápido, es porque tú vas desbordado.
Si me tenso al ver otros perros, es porque tu olor me dice que no hay espacio seguro.
Si miro hacia todos lados, es porque tú no miras ninguno.
Yo sigo siendo perro.
Tú sigues siendo un humano roto intentando aparentar que lo controla todo.
Y en medio de esa mentira, me usas para estabilizarte.
Me necesitas para frenar un derrumbe que empezó mucho antes de que yo llegara.
Y al intentar convertirte en mi guía, me pides que ignore lo evidente.
Tú no tienes rituales.
Tienes supervivencia.
Y me arrastras adentro.
Aun así, camino contigo. No por tu grandeza, sino por esa fragilidad que solo yo percibo cuando entras a la cocina y enciendes la luz como si el día te pesara más que la noche.
Pero escucha: cuando tú te despiertas desordenado, yo empiezo el día roto.
Cuando tú no respetas tus ritmos, me obligas a romper los míos.
Cuando tú finges estar bien, yo tengo que adivinar cómo sostenerte sin hundirme contigo.
Soy perro.
Mi vida es sencilla.
La tuya podría serlo, pero insistes en vivirla como una guerra silenciosa.
Y cada mañana, cuando te observo desde el suelo mientras tú cargas otra vez el peso del mundo sobre tu espalda cansada, pienso en lo mismo.
No me conviertas en el espejo de tu miseria.
Déjame ser perro, aunque tú ya no sepas ser humano.

