No sé qué comes.
Solo sé cómo te sienta.
Esa mezcla de acidez, prisa y cansancio que te sube por la garganta cuando metes cualquier cosa en la boca solo para llenar un hueco que no es de comida.
Tú lo llamas “no tengo tiempo”.
Yo lo huelo como lo que es – una forma elegante de joderte el cuerpo y de rendirte en silencio.
A mí me das un pienso aceptable.
Me comparas fórmulas, me lees ingredientes, te preocupas por mi estómago como si en él guardara tu última oportunidad de hacer algo bien.
Pero luego tú te tragas cosas que ni siquiera cuentan como aptas para la cadena alimenticia. La de verdad.
Comes de pie, comes mirando una pantalla, comes sin ganas.
Y crees que eso no me afecta.
Tus horarios rotos son mi desorden.
Tu ansiedad me entra por el olfato antes de que abras la boca.
Te huelo el miedo a no llegar, a no ser suficiente, a no poder más.
Y ese olor se pega a mi lomo como el polvo de la calle.
Me dices que yo estoy “nervioso”.
No lo estoy.
Estoy absorbiendo lo que tú no quieres mirar.
Cuando masticas rabia, yo la escucho.
Cuando tragas angustia, yo la siento a través de la correa.
Cuando te saltas comidas y luego te atiborras como si quisieras tapar el agujero de tu vida con calorías, mi cuerpo se tensa porque sé lo que viene. Un paseo sin alma, un tirón innecesario, una orden dicha desde el borde del derrumbe.
Tú crees que el hambre es un reloj.
Para mí es ritmo.
Latido.
Una señal que existe desde siempre para que el día tenga forma.
Cuando tú ignoras tus señales, me arrastras contigo.
Tus bajones se vuelven mis alertas.
Tus subidones me confunden, porque no sé si quieres jugar o escapar.
Tu inestabilidad alimentaria se convierte en inestabilidad emocional, y eso, humano, se refleja en cada decisión que yo tomo.
Si miro a otro perro, si tiro de la correa, si ladro, si me bloqueo, si avanzo demasiado rápido.
No soy un robot que se ajusta a tu menú emocional.
Soy un animal que interpreta lo que desprendes.
Y lo que desprendes es hambre.
Pero no de comida.
Es hambre de pausa, de claridad, de presencia. Hambre de vida.
Hambre de esa vida que tú, sin darte cuenta, abandonaste hace tiempo para sobrevivir en otra que tampoco te gusta.
Aun así me miras a mí para que no pierda el equilibrio.
Para que coma a mis horas, para que no suba de peso, para que tenga energía, para que esté bien.
Y yo lo hago.
Porque yo sigo mis ciclos, incluso mientras tú destruyes los tuyos.
Pero escucha – cuando tú no te alimentas con respeto, yo empiezo a entrenar desde la inestabilidad.
Y un perro que entrena desde un humano desnutrido de vida, no aprende vínculo.
Aprende a esquivarte.
No me conviertas en la parte sana de un sistema que tú has dejado morir.
No me obligues a sostenerte con mi calma mientras tú te rompes por dentro.
Yo sé cuándo tengo hambre.
Y sé cuándo tengo bastante.
Tú no.
Y lo peor es que ya ni intentas escucharte.
Si quieres que yo encuentre equilibrio, empieza por no negarte el tuyo.
Y deja de arrastrarme en el vacío que te está tragando cada día.



Fragmento de un capitulo del libro YO HUELO TODO
