Tú me quieres como hijo, pero yo solo quería ser perro
Tú me quieres como hijo, pero yo solo quería ser perro

Tú me quieres como hijo, pero yo solo quería ser perro

Tú no querías un perro.
Tú querías llenar un hueco.
Un relleno emocional con patas.
Un “algo” que hiciera menos ruido que tu cabeza.

Cuando me trajiste a casa, no te hiciste cargo de la verdad. Querías que amortiguara tus silencios, que llenara el piso vacío, que te esperara sin quejarme, que te celebrara como si fueras imprescindible.

Y lo hago.
Claro que lo hago.

Abres la puerta y yo actúo como si hubieras sobrevivido a una guerra en otro continente.

Te miro con devoción.

Te regalo una alegría que no te da ningún humano. Y tú, en tu nube, lo llamas amor incondicional.

No.
Eso es dependencia. Un cable a tierra para no volverme loco encerrado entre cuatro paredes.
Dependencia a causa de tus horarios, tu velocidad y tus ausencias.

Me dejas solo ocho, diez horas.
Entre cuatro paredes que no son territorio, solo un contenedor.
Sin elecciones reales. Sin olores nuevos. Sin vida.
Y cuando vuelves, pretendes fiesta. Pretendes sonrisas. Pretendes gratitud.

Y las tienes.
Porque no tengo alternativa.

Luego te sorprende que destroce cosas.
Que ladre por todo.
Que me obsesione.
Que no pueda quedarme solo sin sentir que me arrancan el mundo.
Que te siga al baño como si ahí también pudiera perderte.

Y en vez de mirarme y preguntarte qué llevas haciendo mal tú… te vas a YouTube.

Tres minutos. Música zen.
“Refuerza lo positivo.”
“Sé paciente.”
“Premia la calma.” «Educa a tu perrito.»

Te agarras a eso porque es fácil. Porque no te exige cambiar tu rutina, ni tus ausencias, ni tu forma caótica de relacionarte conmigo.
Lo intentas dos días. No funciona. Cambias de vídeo.

Y sigues igual.

Te voy a decir lo que nunca quieres escuchar.

No me educas mal por ignorancia.
Me educas mal porque me exiges que sea algo que no soy.

Me tratas como bebé.
Me cargas cuando no toca.
Me hablas como si entendiera tus novelas internas.
Me sobreproteges porque te sientes culpable.
Me quitas límites cuando estás cansado.

Eso no es amor.
Eso es inconsistencia.
Y yo, que vivo del orden, ahí, me termino de romper.

Mi sistema nervioso no está preparado para tu montaña rusa emocional.


Un perro puede vivir bien en un piso.
Pero conmigo no puedes jugar a que soy un objeto emocional, un parche de cariño o un hijo simbólico.

No quiero ser tu hijo.
No quiero ser tu pareja.
No quiero ser tu psicólogo.
Y mucho menos quiero ser ese triste influencer con donut rosa que subes a Instagram para que otros humanos que ni conoces te aplaudan el vacío. «Que monada….»

Yo no nací para sostenerte la vida.
No soy tu proyecto emocional aparcado ni tu parche para la soledad moderna.
Soy perro. Y mi deber no es recordartelo..

Te resulta más fácil hablarme como a un bebé que aprender mi biología.
Más cómodo dormir conmigo encima que preguntarte por qué ladro a todo lo que se mueve.
Más práctico darme caricias pegajosas justo en mi descanso, que revisar tu caos interno.

Pero yo no puedo ser terapia gratuita.
No puedo ser recipiente de tus silencios.
No puedo ser muñeco emocional sin romperme mis instintos.

Quiero olores.
Territorio.
Ritmos que se repitan sin contradicciones.
Señales claras que no cambien según tu humor.
Coherencia.
Un líder tranquilo, no un humano culpable intentando compensar su ausencia con gestos torpes y cariño mal colocado.

Tú me intentas convertir en algo que no soy porque crees que te lo agradeceré.
Pero escucha, yo no necesito que me quieras más.
Necesito que me entiendas mejor.

Y para eso tienes que soltar la fantasía de que soy un bebé, el terapeuta o tu pareja simbólica.
Soy un perro.
Y si me dejas serlo, te voy a devolver una vida más honesta que cualquier postureo conmigo en las redes.

Yo necesito

• movimiento de verdad, no el paseo flojo que haces mirando todo el rato el móvil
• normas claras, no mimos para calmar tu culpa
• perros de verdad alrededor, no solo tu cara cansada
• rituales, estructura y coherencia
• decisiones simples, siempre iguales

Pero tú… tú estás tan ocupado intentando que te quiera más, que te olvidas de darme lo que yo necesito para estar bien.

Escucha esto sin ofenderte: no necesito quererte más; necesito entender el mundo.

Y tú, sin querer, me lo vuelves ininteligible.

Quieres que no toque nada.
Que no ladre fuerte.
Que no huela.
Que no ensucie.
Que no moleste.

Quieres un perro sin perro.
Eso no existe.


El problema no es el piso.
El problema eres tú cuando te niegas a aceptar que convivir conmigo implica tiempo, coherencia y dejar de proyectar tus vacíos en mi lomo.

Yo no quiero ser tu hijo. Ni tu colchón emocional. Tampoco quiero ser tu terapia barata.
No quiero sustituir nada.

Quiero ser perro.
Quiero vida de perro.
Quiero claridad.

Y si no me la das, te lo voy a recordar.
Con ansiedad.
Con comportamientos que llamarás “problemas”.
Con señales que tú verás como fallos, cuando solo son síntomas de un entorno que no respeta lo que soy.

No es una amenaza, ni te lo digo con crueldad.
Crueldad es exigirme que me comporte como un humano.

Si quieres perro, guíame.
Si quieres bebé emocional, cómprate un peluche.

Y no, no pruebes otro vídeo zen.

Se coherente.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Leer más
Privacidad
Call Now Button